Sinfo Fernández
Buenas tardes, hermano, me dió un bajón en la energía, que no en la moral, tras la tensión y los esfuerzos de los últimos días y por eso no te he contado hasta ahora.
Tuvimos una jornada muy intensa el día 8 alrededor de la escultura, y bajo su amparo, arquetípica de Madrid, el Oso y el Madroño, porque no se nos ocurrió un lugar mejor para acogernos con los carteles, los informes sobre la situación en Iraq, las pancartas de las chicas, la palabra paz en todos los idiomas del mundo, la mesita con el tapiz kurdo de Diyarbarkir, y el encanto de Emilio, un ser peculiar que plantó sus reales enfrente de nosotras y allí se mantuvo todo el día dibujando sus sentimientos. Amaneció un día muy hermoso de primavera y en algún momento del mediodía casi llegaba a molestar el sol. Fue increible vivir todos los momentos de la luz de un día desde ese puesto de observación en el corazón de Madrid y la comunicación que se pudo establecer con tanta buena gente que por allí apareció. Recordaré siempre una conversación de una hora con una mujer egipcia, Jasmin. También hubo algún leve incidente con algún/a patoso/a con el alma llena de serrín que nos abucheó porque si el “Estatut” (estoy hasta los… del Estatut), y alguna mala bestia diciendo que esa guerra estaba muy bien emprendida, lástima que no hubiera ido él voluntario, pero la tónica del día fue solidaria y afectuosa
Te vas a reir, porque hubo incidencias surrealistas, imagina que a las 10 de la mañana (y el relevo a las 20,00 h.) se te acercan dos geos montañescos y te dicen, “Estamos ahí a su servicio para todo lo que puedan necesitar”… Yo me quedé patidifusa, más valía así… Luego nos tocó lidiar con los municipales, que a pesar de las autorizaciones debidas, querían que desalojaramos al oso, que estaba tan feliz de servir de apoyo en su base a toda nuestra parafernalia escénica, pero mira por donde apareció Rafael Simancas para un mitin de algo de vivienda joven y les interpeló “Y a ver si dejamos que las mujeres se manifiesten libremente contra la guerra…”. Oiga usted, desaparecieron de repente. Bien, eso también estuvo muy bien.
A las nueve de la noche levantamos todo y nos dispusimos a ir hasta la Embajada de EEUU, por el camino autorizado, pero sólo estábamos quince chicas y un valiente anónimo que dijo: “las feministas no me dejan ir con ellas en su manifestación, ¿y vosotras?” “Nosotras, ¡encantadas!”. Y allá nos fuimos el pequeño grupo y escucha esto bien, cuatro furgonetas de geo acompañándonos en contra marcha, dos motoristas psicodélicos del ayuntamiento, que paraban el tráfico cuando nos tocaba cruzar una calle con el semáforo en rojo. Yo no he pasado tanta vergüenza en mi vida… Era kafkiano a tope cuando a poco de empezar la marcha aparecen dos geos que bajan de una de las furgonetas ofreciéndose solícitos a llevarnos en el furgón toda la carga del chiringuito que llevábamos de mala manera arrastrando. Con eso, y los motoristas parando el tráfico a mí me entró una risa floja que Teresa, tan digna y tan seria (con razón) se apresuró a controlar. Tiempos veredes, hermano Sancho. Más vale así, porque en Washington las molieron a palos.
Cuando llegamos a la Embajada, estuvimos en silencio hasta las once de la noche, momento en que Gloria Berrocal leyó de forma muy hermosa un poema de un poeta iraquí y expresó con toda su fuerza, que es mucha, sus vivencias de la última visita hecha a Bagdad. Y después regresamos a casa con los corazones encogidos, porque sabemos que allá el terror sigue.
Ayer intentamos entregar todas las firmas recogidas en la Embajada, te puedes imaginar que ni Dios quiso aparecer, que se negaron a registrarnos un acuse de recibo del material que entregábamos, que todo se habló con un intermediario que era el securata español de la puerta, uno de los muchos, y que finalmente él se comprometió (¡¡¡???) a entregarlas en el interior del edificio siniestro que se ha tragado encima media acera con más vallas y medidas de seguridad que ya casi tienes que pasar por la calzada y que hasta los árboles se han secado al sentirse forzados a habitar con las alimañas.
Y aquí seguimos, dispuestas a seguir luchando siempre, y agradecidas porque la vida te ofrece la solidaridad y la generosidad de tantas personas hermosas, entre ellas tú.
Un abrazo fuerte,
Sinfo